lunes, 5 de agosto de 2013

Aunque parezcan iguales son MUY diferentes.


Cuando las ideas preconcebidas toman más fuerza que el verdadero sentido, el resultado inminente es el desequilibrio y el caos.


Si se observa con atención la forma en que se conducen las personas en sociedad, es notorio observar grandes confusiones en la concepción que tienen de las cosas.

No son pocos los que confunden “autoridad” con maltrato, agresividad, abuso o autoritarismo. Ésto es muy frecuente, sobretodo, en la relación de mayores con niños. Los mayores con su acelerada vida, no se detienen a averiguar como se siente experimentar la paciencia y la contemplación y en su lugar pretenden “acomodar” a los niños a las reglas y modos de comportamiento “educando” con lo que muchos consideran autoridad, es decir, gritos, sacudones y/o cachetazos, al niño que no responde al mandato.

Comprender que la autoridad se porta como cualquier atributo, el cual se adquiere o desarrolla a partir del respeto por uno mismo y a los demás como a uno mismo. Alguien que porta este atributo difícilmente deba recurrir a los altos decibeles en la voz.
Y qué hay de la confusión existente entre la “responsabilidad” y la “culpa”. Es común de ver que cada vez que se llama asumir la responsabilidad inmediatamente se cree convulsión y enojo en aquellos que la confunden con la culpa. 
Y no hay idea más errada, lejos está la responsabilidad de la culpa. Las personas que asumen responsabilidades, sea sobre sus pensamientos, conductas, sentimientos, etc. se vuelven hacedores y se empoderan por la misma actitud. En cambio la culpa es un recurso de mediocres, no importa que se trate de víctimas o victimarios, ambos lados de la culpa provienen y derivan en la denigración y la mediocridad.

Otra confusión evidente surgida de los sistemas sociales actuales, donde es pecado exteriorizar el enojo o la disconformidad, es la del “respeto” con la “diplomacia”.
El respeto es de origen noble y humano, encarnado por aquellos que no tienen la preocupación constante por su imagen o el no ofender con su opinión, simplemente porque son conscientes de las intenciones que los mueven, las cuales están estrechamente vinculadas con la inocencia. En cambio, la diplomacia es un recurso de los hipócritas, de personas de intenciones torcidas que intentan cuidar su imagen y las formas sociales.

“Paciencia” y “tolerancia” son prácticamente opuestas, no tienen que ver una con la otra. La paciencia es de los que aman la vida y la humanidad. Alguien paciente es pacífico y contemplativo porque le nace y es lo que emana. Es observador consciente de las situaciones y no se descentra.
La tolerancia es un recurso de los egocéntricos que resisten, aguantan, reprimen, contienen, porque perdieron el equilibrio, y necesitan controlar e imponer ideas a otros, dominar y acomodar todo a su gusto para sentirse bien. La tolerancia no sólo es insensata sino que es un potencial “bigbang” de caos y acontecimientos desagradables, para cuando se sobrepasan los niveles de tolerancia.

Para muchos “inocencia” e “ingenuidad” son sinónimos. Y es un gran error confundir estas dos condiciones. La primera libera y alegra, la segunda, esclaviza y degrada. Una persona inocente tiene cualidades inteligentes y de consciencia extraordinarias. Se les puede reconocer por su alegría y simpatía. Son como niños pero con la dote de la madurez que les vuelve merecidos líderes de lo digno. La ingenuidad es la ausencia de discernimiento y el exceso de ideas morales. Por ésto, las personas ingenuas son vulnerables a los manejos de los astutos que se inventan reglas, leyes o valores para poder ejercer dominio, gran ejemplo de éstos son los dogmas y doctrinas religiosas, espirituales o esotéricas de reducidos grupos de “poder”, de ese tipo de poder.

Y por último, marcaremos una diferencia entre lo que es la “inteligencia” y el “intelecto”. Si bien no están tan disociados, no son sinónimos. En el pasado había una práctica muy denigrante en las escuelas, donde se le ponía orejas de burro para ridiculizar al niño que no había estudiado o aprendido un tema. Y aún sigue implícita esa idea de “asno” o “burro” o “no inteligente” a aquel que desconoce algo, y se conserva la costumbre de otorgar algún estatus social superior a aquel supuestamente más inteligente por haber logrados cumplir con sus estudios y se denigra a quien no obtuvo suficiente conocimiento intelectual.
Y para disipar un poco éstas prácticas ignorantemente discriminatorias diremos que, la inteligencia es inherente y el intelecto es aprendido. Esto es, si alguien no sabe algo en especial, no significa que no es inteligente sino que simplemente ignora ese algo, y puede aprenderlo en cualquier momento. La inteligencia abarca mucho más que el conocimiento intelectual, tiene varias facetas y potencialidad, es la que permite a la persona desenvolverse con naturalidad, en cambio, el intelecto tensa, crea duda, cansa la mente si es aislado de la inteligencia, preponderado y superlativizado.

Saber discernir puede que libere de costumbres aprendidas y que hasta el día de hoy mantienen a las personas lejos de una vida auténtica y relajada que no debiera ser tan difícil de lograr.

Alguien que se tiene paciencia se libera del perfeccionismo y se respeta, y el respeto propio aleja de la auto-condena, lo que conlleva a la experimentación de la inocencia y estos atributos son los que ponen a la raza humana en esa posición de inteligencia que le da la supremacía por sobre cualquier especie.


Salud.

No hay comentarios:

Publicar un comentario