Sinceramiento y perdón.


¿Cuánto tiempo de la vida nos podemos pasar ocultando aquello que nos negamos a ver por vergüenza?, para que luego, lo oculto se manifieste en todos los que nos rodean.

La capacidad de no disfrazar los verdaderos sentimientos nocivos de nobles ocurre cuando uno empieza a desear estar bien de una vez por todas, cuando decide que merece estarlo y para eso debe saber que, ver con claridad el interior y aceptarlo, es la única manera.

Como humanos estamos formados por un combo de sentimientos universales que nos alcanzan a todos y cada uno de nosotros. Son los que nos nivelan, generalizan, igualan o como quiera decirse. 

Todas las personas tenemos la potencial capacidad de tener el mismo abanico de sentimientos posibles, sin importar el lugar donde se viva, cultura, sexo, ideologías, etc. 

Los sentimientos tienen precursores que dependen del entorno y las circunstancias, hecho que puede confundir, dando el parecer de que los sentimientos son distintos para diferentes personas. 

Las personas tenemos la potencialidad de experimentar sentimientos que nos movilizan, pero éstos no nos definen. 

Es decir, el sentimiento de envidia no hace a una persona envidiosa, no, si ésta acepta que tiene la potencial capacidad de envidiar, acepta que es algo que no le sienta bien, pero que de alguna manera ese sentimiento se coló en su mente y nada pudo hacer al respecto. 

Lo que sí se puede hacer, y ciertamente, es lo más sano, es no autoidentificarse con sentimientos condenables,  condenándose en el mismo momento, ni tampoco rechazarlos. Uno simplemente tiene que observar, y sólo observar. Uno sólo debe darse por enterado de que es capaz de tener sentimientos que no le gustan, que no le sientan bien pero que tampoco le definen. Es simplemente un hecho que puede ocurrir a cualquier en cualquier momento.

Ese sinceramiento debe ocurrir para que el interior se revele, se nos muestre y podamos conocer más de nosotros mismos y nuestro potencial. De esa manera perdemos el temor a nosotros mismos, a lo que seamos capaces de hacer o decir. 

Entender que esto le pasa a todo el mundo sin excepción. Los sentimientos están ahí para ser evocados, latentes, dormidos o activos, pero ahí están. No importa que tan amable o buena sea una persona, su potencialidad para ser malvada está ahí, y todo aquel que niega su potencial para dañar, por juzgarlo indebido, sólo consigue enviarlos a las sombras donde la conciencia no llega, y desde donde pueden dominar con mayor fuerza, porque es la oscuridad y la turbiedad la que los alimenta.

Más intenta uno disfrazarse de cordero, más aflora el lobo desde dentro.

Uno es el cordero y el lobo. Aceptar ese hecho es liberador pese a todas las ideas morales que sostengan lo contrario.

Los primeros pasos en este sinceramiento son transformadores cuando se acompañan con el perdón. Cuando se llega a ese momento en que se acepta mirar hacia adentro, hay que estar muy predispuesto a perdonar aquello que emerja de las sombras. Porque puede ser duro o doloroso al principio, pero una vez que se liberan de la condena esos sentimientos, las cosas se vuelven más livianas, insignificantes, sin importancia y hasta cómicas.

Personalmente había desarrollado una especie de método, cuando descubrí que podía ver sentimientos turbios los cuales intentaba resistir, borrar, rehuir, pero no funcionaba en absoluto.

Así, cada vez que un pensamiento molesto emergía, simplemente decía “te ví”. Eso hacía las cosas fáciles. No lo negaba, no lo auto-atribuía, no lo rechazaba, no lo condenaba ni resistía. De hecho, muchas veces me hacía reír. Reírme de mi sanamente, porque me sentía algo demente.  

Todos somos potencialmente todo. Abracemos nuestra potencialidad, perdonemos nuestros errores, seamos contemplativos y pacientes con nuestra presencia, y dejemos el perfeccionismo moral como anécdota de los errores pasados que no nos permitíeron evolucionar y pasar a una nueva etapa.

Salud!   

2 comentarios:

  1. Observar, perdonar,aceptar, reconocer, sonreir, pilares para jugar y asi sustentar lo dias con tranquilidad para enfrentar el inevitable transcurrir, este bello y accidental existir de la vida, de toda vida.

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